Don Tomato y yo éramos viejos conocidos desde hacía años cuando juntos desmascaramos la trama del Poco probable asunto de la tabla del siete. Tenía plena confianza en él. Gracias a su colaboración resolvimos Calabacino y yo La intriga del descansillo de la séptima planta y El asombroso caso de la cesta de la compra. Nuestra a relación era más que cordial y, aún así, no estaba de más ser precavido y tener siempre un ojo en sus cajones en previsión de que, en uno de sus míticos ataques de furia, rebuscara la llave de la cajonera en su lapicero, la abriera, sacara su revolver y me dejara más tieso que un pepinillo en vinagre en menos que canta un guisante. Don Tomato acariciaba un brote de soja que ronroneaba en su regazo.
-¿Y a qué debo el honor de su visita, detective?
-Appie el Apio ha sido hallado muerto en su mansión de la costa.
-¿El famoso...?
-Sí, JODER, EL FAMOSO MAGNATE. ME CAGO EN LA HOSTIA YA CON EL FAMOSO MAGNATE DE LOS COJONES -Me estaba empezando a cansar este asunto. Esto no va a acabar nunca, pensé. Respiré hondo y continué -Ha llegado a mis oídos que estaba en un tórrido sofrito con Patty Carrot, esa preciosidad.
-Sí, una preciosidad y la causa de todos mis dolores de cabeza. Esa fresca, borracha y mocosa no respeta horarios ni a nadie... pero cuando sale al escenario, detective... cuando sale al escenario, se derriten todos como la margarina - peroró Don Tomato, asomándose a través del falso espejo a su sala de cócteles -Estaban casados desde el pasado octubre, pero él tenía una amante, todos lo sabían.
-¿Una amante?
-Sí, una berenjenita rubia con un culo impresionante... Aubergine Labelle.
-¿Y no conocerás de casualidad su dirección?