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martes, 9 de octubre de 2012

La cantante del César Salad (5)

Don Tomato y yo éramos viejos conocidos desde hacía años cuando juntos desmascaramos la trama  del Poco probable asunto de la tabla del siete. Tenía plena confianza en él. Gracias a su colaboración resolvimos Calabacino y yo La intriga del descansillo de la séptima planta y El asombroso caso de la cesta de la compra. Nuestra a relación era más que cordial y, aún así, no estaba de más ser precavido y tener siempre un ojo en sus cajones en previsión de que, en uno de sus míticos ataques de furia, rebuscara la llave de la cajonera en su lapicero, la abriera, sacara su revolver y me dejara más tieso que un pepinillo en vinagre en menos que canta un guisante. Don Tomato acariciaba un brote de soja que ronroneaba en su regazo.
-¿Y a qué debo el honor de su visita, detective?
-Appie el Apio ha sido hallado muerto en su mansión de la costa.
-¿El famoso...?
-Sí, JODER, EL FAMOSO MAGNATE. ME CAGO EN LA HOSTIA YA CON EL FAMOSO MAGNATE DE LOS COJONES -Me estaba empezando a cansar este asunto. Esto no va a acabar nunca, pensé. Respiré hondo y continué -Ha llegado a mis oídos que estaba en un tórrido sofrito con Patty Carrot, esa preciosidad.
-Sí, una preciosidad y la causa de todos mis dolores de cabeza. Esa fresca, borracha y mocosa no respeta horarios ni a nadie... pero cuando sale al escenario, detective... cuando sale al escenario, se derriten todos como la margarina - peroró Don Tomato, asomándose a través del falso espejo a su sala de cócteles -Estaban casados desde el pasado octubre, pero él tenía una amante, todos lo sabían.
-¿Una amante?
-Sí, una berenjenita rubia con un culo impresionante... Aubergine Labelle.
-¿Y no conocerás de casualidad su dirección?

lunes, 8 de octubre de 2012

La cantante del César Salad (4)

Fui a buscarla a su camerino, toqué con mis musculosos nudillos en su puerta y nadie contestó. La puerta no estaba cerrada con llave y, dada la intimidad que habíamos adquirido la pasada noche, me vi legitimado para franquear la entrada a su pequeño feudo, impregnado de su carismático perfume.
-¿Es usted, señor Cúcumber?- dijo una voz de mujer. Vi entonces su sombra recortada y proyectada en el biombo. Vi cómo la sombra se quitaba el mínimo vestido para colocarse un sugerente y transparente negligé sin absolutamente nada debajo.
-Estás preciosa, muñeca.
No me respondió. Parecía disgustada por algo. Me dio la espalda y se sentó frente al tocador, donde empezó a desmaquillarse.
Yo seguía de pie en mitad de la habitación. Me quité el sombrero y le lancé la noticia sin paños calientes.
-Appie ha sido encontrado muerto, Patty. Brutalmente asesinado.
Ella se volvió de un salto
-¿El famoso magnate?¿Mi marido?
Asentí con un gesto.
-Oh, señor Cúcumber
-Llámame Fred,
-¿No se llamaba usted Eric?
-Cierto, Eric, disculpa.
-¡No! ¡no puede ser, Eric!
Me abrazó llorando. La consolé un buen rato, seis minutos o así, según el reloj de pulsera que le había ganado a Calabacino cuando apostamos a ver quién era capaz de comer más perritos calientes en el MacChips. Después de los seis minutos se calmó, le quité el negligé e hicimos el amor vegetal.
Luego, ya más tranquilos después de la fotosíntesis, mientras yo fumaba un cigarrillo y ella se apretaba sobre mi apolíneo pecho, me preguntó:
-¿Quién puede haber cometido semejante atrocidad, Eric?
-No lo sé muñeca, estoy investigando incesantemente todas las pistas y aún no tengo nada claro.
-Oh, Eric -interjeccionó ella. Supuse que querría añadir algo más pero alguien pegó entonces a la puerta, me coloqué rápidamente el negligé de Patty, la única prenda que encontré a mano.
-¿Monsieur Concombre? ¿Está usted ahí? Vaya, no me diga qué elegante. -dijo el socarrón de Antoine al mismo tiempo que asomaba la cabeza al camerino- Monsieur Tomato le ggrecibe ahogra. Pegro yo pienso tu te pone algo menos provocadogg pagga la visita.

sábado, 6 de octubre de 2012

La cantante del César Salad (3)

El César Salad era el local de moda. Un tugurio donde se daban cita lo más selecto de las altas esferas y lo más bajo de los bajos fondos, todas las verduritas allí, impecablemente vestidas, dispuestas a divertirse, bailar, preparar el atraco del siglo o cerrar un buen negocio. La orquesta de los guisantes, Los P'tits Green Pois tocaban dulces melodías que fluían suavemente entre las pequeñas mesas mientras en cada una de ellas las hortalizas se enfrascaban en sus conversaciones ajenas a lo que sucedía alrededor.
Entré en el antro y saludé al portero tocando el ala de mi sombrero. El camarero, Antoine, era una vieja y estirada patata frita belga que me debía algún favor tras lo sucedido en El increíble incidente del empacho de brócoli y El asomobroso caso de los tubérculos suicidas del extrarradio.
-Buena noche.
-Me alegro de verte, Antoine. ¿Qué tal todo?
-Una mieggda completa. Estoy fgrito! - dijo Antoine, con su peculiar acento, al mismo tiempo que pasaba un trapo por mi mesita.
-¿Qué te ocurre, Antoine?
-Vaya, no me diga qué pena, la cantante, Monsieur Concombre, no me diga qué loca ésta. Anda, la guajja.
-¿Patty Carrot?
-Claggro que sí, Monsieur. ¡Vaya, no me diga ésta! No me diga la sanahogria y sus capgrichos, ésta llega tagde al ensayo, manipula al pegsonal, la capgrichosa... vaya una boggracha
-Entiendo -dije interrumpiendo el accidentado discurso de Antoine- quisiera hablar del asunto con Don Tomato... ¿Está en su despacho?
-Claggro que sí, hoy viene con dos sebollitas de pgrimega, no me diga, qué suegte. Yo pgegunto si Don Tomato puede ggrecibigle.
-Gracias Antoine.
En ese momento, se apagaron las luces, la orquesta empezó a tocar los compases de una balada romántica muy popular y el foco iluminó a la bella Patty. Todos dejaron de charlar, ligotear, cerrar negocios y planear golpes perfectos y quedaron prendados por Patty, que empezó a cantar con la voz de un ángel, susurrante, casi gimiendo, y moviendo las caderas de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, batiendo las pestañas, jugueteando con coquetería con el micro.
It's hard to be a vegetable
Some think you are edible
but no, I'm not avalaible

Patty cantaba y se roneaba entre las mesas, jugueteó con la corbata de un lechuguino sentado en una de las primeras mesas.
Cuando acabó la actuación, el César Salad rompió en un sonoro aplauso, ella se tomó de un trago la copa del lechuguino y la de su acompañante, se sonó los mocos e hizo mutis por el foro.

martes, 2 de octubre de 2012

La cantante del César Salad (2)

Llovía a cántaros y llegué calado hasta las semillas a la escena del crimen, una lujosa villa en la playa propiedad del famoso magnate en la zona más exclusiva de la ciudad. Mostré con disimulo mi placa caducada al agente, después de atravesar la multitud de tubérculos curiosos que se agolpaban tras el cordón policial. El agente me guió hasta las habitaciones en las que los restos vegetales de Appie se encontraban en un estado irreconocible, hecho un auténtico puré de verduras.
-Maldita sea, Calabacino -dije a mi insípido ayudante, que se me aproximaba comiendo un bocadillo- hay restos de apio por toda la habitación. Menuda escabechina.
-Sospechamos que ha sido un asesinato, jefe. Creemos que el arma homicida es una minipímer, por las salpicaduras, ¿ve? -Calabacino señaló la pared con su bocadillo, mientras seguía hablando con la boca llena-. Hemos mandado los restos de clorofila al laboratorio para que nos confirmen la identidad del apio.
-Esperaremos los resultados pues. Date una vuelta por el vecindario a ver si alguna cucurbita con insomnio ha visto algo.
Las alcachofas de la policía científica sacaban fotos y recogían pruebas con pinzas y bastoncillos de los oídos. El flash me deslumbró en seis ocasiones. Mi vista no estaba acostumbrada a esa intensidad lumínica. Me coloqué unos guantes de coger la fruta en las grandes superficies y también las gafas de cerca y di una vuelta rápida por el habitáculo en busca de algún indicio, mientras pergeñaba la manera de darle la noticia a Patty. Miré las fotos en las paredes: Appie con la alcalde Coliflower de la Tower, con el famoso futbolista Cristiano Ruibarbo, con la actriz Puerrito Cruz... las verduras más selectas de los huertos más refinados del país habían tratado con Appie. Pasé al buró, y cotilleé en los cajones. Nada reseñable, facturas, cartas comerciales, y un ejemplar de PlayLegume en el que ojeé el póster central de una despampanante lechuga que enseñaba todo debajo de sus hojas, una delicia para cualquier vegetariano. Se me acercó el bueno del sargento Pimiento y me guardé rápidamente la revista bajo la gabardina para darle uso más tarde.
-¿Qué opinas, Cúcumber?
-Este asunto no me gusta ni un pimiento, Píper - dije, torciendo el gesto -Pero no quiero sacar conclusiones precipitadas. Es hora de hacer una visita al César Salad y hacer unas preguntas a la umbelífera de Patty Carrot.

jueves, 27 de septiembre de 2012

La cantante del César Salad (1)

Se avecinaba otra noche solitaria de onanismo en mi despacho: a oscuras y con la única compañía de una botella de whisky barato. Hacía meses que no me caía un caso interesante. La ciudad, otrora bulliciosa y delincuente, estaba atravesando una época de calma en lo que a crímenes se refería. Incluso me estaba planteando seriamente conceder un par de días libres a Calabacino, mi fiel e insípido ayudante. En ese momento, el destino me vino a dar un buen guantazo en la cara: alguien tocó insistente y sensualmente a la puerta de mi despacho.
-Adelante -grité, incorporándome en mi butaca. Ante mí apareció la zanahoria más naranja y atractiva que hubiera visto nunca, ceñida en un pequeño traje rojo que no dejaba mucho a la imaginación y moqueando como una pava enferma.
-Oh, quisiera hablar con el detective Cúcumber -preguntó con su voz susurrante que hizo que se me erizara la piel de pepino. Me recompuse la camisa, me ajusté la corbata, me subí la cremallera del pantalón y me volví a colocar los tirantes, todo ello disimuladamente. Saqué la voz más masculina de mi amplio registro de voces y contesté:
-Lo tienes delante, muñeca. Siéntate y toma un trago.
Serví dos generosos vasos de whisky que ella se bebió de un golpe, tanto mi copa como la suya. Luego disimuló un pequeño eructo celestial y la invité a que me explicara a qué debía su visita, al mismo tiempo que le guiñaba un ojo y le mostraba la sonrisa Profidén recién estrenada.
-Oh, señor Cúcumber -empezó a lamentarse, mientras se sonaba los mocos.
-Llámame Eric -la interrumpí mientras le llenaba de nuevo el vaso.
-Eric, mi marido está en apuros, tiene que ayudarme. Ha sido secuestrado y me piden seis millones de machacantes en billetes pequeños sin marcar para liberarlo. 
-Fiuu -silbé- dígame, ¿quién diablos es su marido?
-Appie el Apio - me contestó, al mismo tiempo que se sorbía los mocos y volvía a beberse su whisky y el mío.
-¿Appie el Apio? ¿El famoso magnate?
-Sí, Eric. Abrázame -dijo entre sollozos y empezó a llorar desconsoladamente para luego arrojarse a mi torso. Tal vez sería la tristeza, tal vez los seis whiskies que se había metido entre pecho y espalda, la cuestión es que aquella muñequita estaba a tiro y yo siempre soy cariñoso con una bella hortaliza en apuros y ésta en cuestión, Patty Carrot se llamaba, tenía varias ventajas en la coyuntura actual: estaba pasando un mal momento, con su marido secuestrado, digamos, que el Apio estaba a buen recaudo; además había bebido tanto que si la flambearan tardaría días en extinguirse, así que la abracé para calmarla y busqué sus labios con los míos hasta que nos fundimos en un prolongado beso de tornillo. 
Aquella noche, además de consolar a la bella, mocosa y borracha Patty Carrot, me la llevé a la cama. Cuando me desperté, me encontré solo en la habitación del motel. Vaya ensalada de amor habíamos aliñado durante toda la noche, pensé. Toda la habitación olía al perfume de aquella zanahoria. Sobre la almohada encontré una nota de Patty: 

Querido Eric, 
sé que todo esto parece muy extraño; soy una mujer casada y me arrepiento de haber intimado contigo. Estaba confusa y necesitaba un hombro sobre el que llorar. Appie el Apio es un señor muy mayor y no me da todo lo que necesito. He de contarte los detalles de este asunto para que me ayudes a salvar el pellejo de mi marido. Te espero esta noche en el César Salad. Actúo a las 23 horas. 
No me falles, 
Patty

Había dejado la imprimación de sus labios en un beso de carmín junto a su firma. Guardé la  nota. Maldita sea, me estaba empezando a enamorar hasta la corbata de ese montonazo de curvas naranjas. Decidí llamar a Calabacino y ponerlo al día del asunto.
-Calabacino, deja de remolonear en la cama agarrado al culo de tu calabacina. Tenemos un caso que parece algo importante, ayer vino a verme una preciosidad que...
-Tenemos dos casos entonces, Cúcumber. Me acaba de llamar el sargento Píper Pimiento para que acudamos a la escena de un crimen. Parece ser un asunto peliagudo... es un tipo importante, el muerto... Appie el Apio, el famoso magnate. Pimiento quiere que vayas a echar un vistazo.
Appie el Apio... pensé mientras colgaba el auricular y me ponía los calzoncillos. ¿dónde había escuchado yo ese nombre anteriormente?