El César Salad era el local de moda. Un tugurio donde se daban cita lo más selecto de las altas esferas y lo más bajo de los bajos fondos, todas las verduritas allí, impecablemente vestidas, dispuestas a divertirse, bailar, preparar el atraco del siglo o cerrar un buen negocio. La orquesta de los guisantes, Los P'tits Green Pois tocaban dulces melodías que fluían suavemente entre las pequeñas mesas mientras en cada una de ellas las hortalizas se enfrascaban en sus conversaciones ajenas a lo que sucedía alrededor.
Entré en el antro y saludé al portero tocando el ala de mi sombrero. El camarero, Antoine, era una vieja y estirada patata frita belga que me debía algún favor tras lo sucedido en El increíble incidente del empacho de brócoli y El asomobroso caso de los tubérculos suicidas del extrarradio.
-Buena noche.
-Me alegro de verte, Antoine. ¿Qué tal todo?
-Una mieggda completa. Estoy fgrito! - dijo Antoine, con su peculiar acento, al mismo tiempo que pasaba un trapo por mi mesita.
-¿Qué te ocurre, Antoine?
-Vaya, no me diga qué pena, la cantante, Monsieur Concombre, no me diga qué loca ésta. Anda, la guajja.
-¿Patty Carrot?
-Claggro que sí, Monsieur. ¡Vaya, no me diga ésta! No me diga la sanahogria y sus capgrichos, ésta llega tagde al ensayo, manipula al pegsonal, la capgrichosa... vaya una boggracha
-Entiendo -dije interrumpiendo el accidentado discurso de Antoine- quisiera hablar del asunto con Don Tomato... ¿Está en su despacho?
-Claggro que sí, hoy viene con dos sebollitas de pgrimega, no me diga, qué suegte. Yo pgegunto si Don Tomato puede ggrecibigle.
-Gracias Antoine.
En ese momento, se apagaron las luces, la orquesta empezó a tocar los compases de una balada romántica muy popular y el foco iluminó a la bella Patty. Todos dejaron de charlar, ligotear, cerrar negocios y planear golpes perfectos y quedaron prendados por Patty, que empezó a cantar con la voz de un ángel, susurrante, casi gimiendo, y moviendo las caderas de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, batiendo las pestañas, jugueteando con coquetería con el micro.
It's hard to be a vegetable
Some think you are edible
but no, I'm not avalaible
Patty cantaba y se roneaba entre las mesas, jugueteó con la corbata de un lechuguino sentado en una de las primeras mesas.
Cuando acabó la actuación, el César Salad rompió en un sonoro aplauso, ella se tomó de un trago la copa del lechuguino y la de su acompañante, se sonó los mocos e hizo mutis por el foro.
2 comentarios:
¿Esta tortura no va a acabar nunca?
¿cuándo va a haber carnaza en esta historia?
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