Parecía que había transcurrido una eternidad desde que acepté el caso de la cantante del César Salad a cambio de un poco de meneo y unos cuantos billetes manoseados, pero en realidad había sido ayer cuando la voluptuosa Patty se presentó en mi cuchitril llorando y moqueando. Luego, la muerte de Appie, el encuentro amoroso en el club, la conversación con Don Tomato, todo parecía tan lejano, como si mi aventura hubiera empezado un veintisiete de septiembre y estuviéramos a seis de noviembre.
Antes de dirigirme al apartamento de Aubergine Labelle, llamé a Calabacino desde el César.
-Calabacino, escucha, la hortaliza está dando problemas. ¿Tienes alguna novedad que contarme?
-¿Qué hortaliza jefe?¿ Cuál de ellas?
-La zanahoria, joder, que hay que explicártelo todo.
-Pues tal vez malas noticias, Cúcumber. Se ha dado a conocer el testamento de Appie... parece ser que Patty no es la única que sale beneficiada. Ha dejado parte de sus tierras de cultivo a Don Tomato, y un montón de pasta a una zorrita... Aubergine Lapute, creo
-Labelle, Calabacino. De hecho voy ahora a hacerle una visita. Creo que las piezas empiezan a encajar.
-¿Está usted haciendo un puzzle, jefe? no creo que sea el mejor momento.
Colgué al mismo tiempo que redactaba mentalmente la carta de despido de Calabacino, y me puse en marcha. Seguía lloviendo, pero esta vez robé un paraguas del guardarropa del Club, con tan mala fortuna que resultó ser el típico paraguas permeable, por lo que llegué al apartamento de Aubergine como una sopa.
-¡Por los clavos del Santo Pixto! -exclamé al infinito. Llovía a mares, lo cual era beneficioso para los ciudadanos de Huerta City que correteaban agitados a refugiarse bajo los soportales. Me subí las solapas de la gabardina, tiré el paraguas y grité "YA NO QUIERO MÁS PARAGUAS, COÑO YA". Y apretando el paso, pensando en los betacarotenos bien puestos de Patty, llegué al apartamento de la amante del magnate.
Aubergine me recibió semidesnuda y semidormida, como drogada por tranquilizantes.
-Oh, detective, nos volvemos a encontrar -dijo al abrir la puerta. Era cierto, ahora lo recordaba. Aubergine y yo mantuvimos un tórrido romance durante el verano del 56 cuando yo intentaba resolver un peliagudo asunto de corruptelas y abusos a tomatitos cherry en la parroquia del Sagrado Corazón de Alcachofa.
-Bergie, qué alegría volver a verte. Estás preciosa - le espeté, mientras echaba un vistazo alrededor para descubrir varias botellas vacías de licores.
-Ha muerto Appie... he tomado somniferos...-consiguió articular, a pesar de que las pastillas estaban haciendo su efecto. Luego me invitó a pasar y empezó a tararear unas coplillas sin sentido mientras meneaba su enorme culo morado.
-Bergie, ¿has bebido?
-Unas copas, Eddie...
-Eric.
-Eso.
-Yo quería mucho a Appie, Eric, pero él no quería divorciarse de esa víbora naranja... pero bésame, bésame, Eric, y hazme olvidar esta pena que me embarga, oh, Eric, oh, detective...
1 comentario:
Hola Martín ya hace años que te he ido siguiendo hasta verte desaparecido. Me gustaría a ser posible seguirte en el caso de sigas escribiendo , cosa que espero y deseo. Si te llega esto, podrías mandarme algún link?
Un saludo
Mireya
Publicar un comentario