jueves, 27 de septiembre de 2012

La cantante del César Salad (1)

Se avecinaba otra noche solitaria de onanismo en mi despacho: a oscuras y con la única compañía de una botella de whisky barato. Hacía meses que no me caía un caso interesante. La ciudad, otrora bulliciosa y delincuente, estaba atravesando una época de calma en lo que a crímenes se refería. Incluso me estaba planteando seriamente conceder un par de días libres a Calabacino, mi fiel e insípido ayudante. En ese momento, el destino me vino a dar un buen guantazo en la cara: alguien tocó insistente y sensualmente a la puerta de mi despacho.
-Adelante -grité, incorporándome en mi butaca. Ante mí apareció la zanahoria más naranja y atractiva que hubiera visto nunca, ceñida en un pequeño traje rojo que no dejaba mucho a la imaginación y moqueando como una pava enferma.
-Oh, quisiera hablar con el detective Cúcumber -preguntó con su voz susurrante que hizo que se me erizara la piel de pepino. Me recompuse la camisa, me ajusté la corbata, me subí la cremallera del pantalón y me volví a colocar los tirantes, todo ello disimuladamente. Saqué la voz más masculina de mi amplio registro de voces y contesté:
-Lo tienes delante, muñeca. Siéntate y toma un trago.
Serví dos generosos vasos de whisky que ella se bebió de un golpe, tanto mi copa como la suya. Luego disimuló un pequeño eructo celestial y la invité a que me explicara a qué debía su visita, al mismo tiempo que le guiñaba un ojo y le mostraba la sonrisa Profidén recién estrenada.
-Oh, señor Cúcumber -empezó a lamentarse, mientras se sonaba los mocos.
-Llámame Eric -la interrumpí mientras le llenaba de nuevo el vaso.
-Eric, mi marido está en apuros, tiene que ayudarme. Ha sido secuestrado y me piden seis millones de machacantes en billetes pequeños sin marcar para liberarlo. 
-Fiuu -silbé- dígame, ¿quién diablos es su marido?
-Appie el Apio - me contestó, al mismo tiempo que se sorbía los mocos y volvía a beberse su whisky y el mío.
-¿Appie el Apio? ¿El famoso magnate?
-Sí, Eric. Abrázame -dijo entre sollozos y empezó a llorar desconsoladamente para luego arrojarse a mi torso. Tal vez sería la tristeza, tal vez los seis whiskies que se había metido entre pecho y espalda, la cuestión es que aquella muñequita estaba a tiro y yo siempre soy cariñoso con una bella hortaliza en apuros y ésta en cuestión, Patty Carrot se llamaba, tenía varias ventajas en la coyuntura actual: estaba pasando un mal momento, con su marido secuestrado, digamos, que el Apio estaba a buen recaudo; además había bebido tanto que si la flambearan tardaría días en extinguirse, así que la abracé para calmarla y busqué sus labios con los míos hasta que nos fundimos en un prolongado beso de tornillo. 
Aquella noche, además de consolar a la bella, mocosa y borracha Patty Carrot, me la llevé a la cama. Cuando me desperté, me encontré solo en la habitación del motel. Vaya ensalada de amor habíamos aliñado durante toda la noche, pensé. Toda la habitación olía al perfume de aquella zanahoria. Sobre la almohada encontré una nota de Patty: 

Querido Eric, 
sé que todo esto parece muy extraño; soy una mujer casada y me arrepiento de haber intimado contigo. Estaba confusa y necesitaba un hombro sobre el que llorar. Appie el Apio es un señor muy mayor y no me da todo lo que necesito. He de contarte los detalles de este asunto para que me ayudes a salvar el pellejo de mi marido. Te espero esta noche en el César Salad. Actúo a las 23 horas. 
No me falles, 
Patty

Había dejado la imprimación de sus labios en un beso de carmín junto a su firma. Guardé la  nota. Maldita sea, me estaba empezando a enamorar hasta la corbata de ese montonazo de curvas naranjas. Decidí llamar a Calabacino y ponerlo al día del asunto.
-Calabacino, deja de remolonear en la cama agarrado al culo de tu calabacina. Tenemos un caso que parece algo importante, ayer vino a verme una preciosidad que...
-Tenemos dos casos entonces, Cúcumber. Me acaba de llamar el sargento Píper Pimiento para que acudamos a la escena de un crimen. Parece ser un asunto peliagudo... es un tipo importante, el muerto... Appie el Apio, el famoso magnate. Pimiento quiere que vayas a echar un vistazo.
Appie el Apio... pensé mientras colgaba el auricular y me ponía los calzoncillos. ¿dónde había escuchado yo ese nombre anteriormente? 


martes, 18 de septiembre de 2012

Lunes y martes

"¿Te acuerdas de cuando empecé la dieta el pasado lunes?", dijo él el martes mientras masticaba el último trozo de lasaña.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Millás

" Yo escribo por las mismas razones por las que leo: porque no me encuentro bien"

Juan José Millás, El País, aq

domingo, 12 de agosto de 2012

Onomástica

Levantemos el corazón hacia el Señor,
Alcemos nuestras jarras de cerveza y brindemos.
Este blog cumple la friolera de seis años: ya es un niño grande.
Pronto me pedirá veinte euros para ir al cine con los colegas y me meterá en un asilo.

sábado, 6 de agosto de 2011

Cierre total

Buenas tardes,

Según imagen adjunta, me pongo en contacto con ustedes para informarles que hasta la fecha y, salvo error u omisión, esta bitácora permanece en estado de coma profundo.

Rogamos se mantengan a la espera, antentos a sus pantallas hasta nuevo aviso, que esperamos sea pronto, hasta que al señor que escribe y suscribe se le venga alguna idea con la que rellenar los huecos de este espacio de malos cuentos.

Aprovecho la oportunidad que se me brinda para saludarles atentamente y ponerme a los pies de sus señoras,

reciban, por la presente, un cordial saludo de éste, su amigo y confidente, gordo y pelón,

Martin J. Wittford.

viernes, 16 de julio de 2010

Y matarme contigo si te mueres


Como somos pobres como ratas, fuimos al auditorio de la feria a escuchar a Sabina, pero en el gallinero, en lo más alto de lo más alto de las gradas, al otro lado de la gente que paga, como los que se casan detrás de la iglesia.
-Tenemos palco reservado, le digo a mi Luisita.
-Cómo me gusta tener un novio millonario -es su réplica.
Allí había tres modernos haciendo botellón, seis argentinos, la librera de Luces, y un señor en pantalón corto haciendo deporte, subiendo y bajando las escaleras, y estirando los brazos al ritmo de Embustera. Desde allí, la acústica era envidiable y las vistas inmejorables: los luminosos de Sando y Mayoral estaban en su mayor esplendor, los trenes de cercanías llegando a la estación María Zambrano, el palacio de ferias y congresos que de mayor quisiera ser Guggenheim, la luna amarilla en cuarto menguante, la torre de control del aeropuerto, los argentinos arrítmicos, el guarda de seguridad con su porra y con su recelo, y yo y mi  Luisi bailando muy lento y morirme contigo si te matas.