El cuñado que todo lo sabe estuvo de erasmus en Berlín, enumera los fichajes del Málaga, qué mal lo hizo el Al Thani, qué poco cariño le dio al equipo, conoce la verdadera izquierda en los ayuntamientos, distingue el verdadero comunismo del oportunista, sabe de dónde sopla el viento, qué número de broca hace falta para colgar la televisión, te habla de la recidiva de Terelu, visitó la Sagrada Familia cuando estaba en obras, pondría la mano en el fuego de que la reforma ya ha terminado, estuvo en la Fontana de Trevi durante su restauración, todo le pilla a medias, él hubiera usado otro producto para blanquear el mármol. La marea no sube tanto, no os preocupéis, no hay pendiente suficiente. La obra del metro de Málaga, otra que no se está abordando bien, aprovecha el trazado de la ciudad, pichita. El problema son los fenicios, dice, que dejaron muchos restos antes de emigrar y ahora das una patada a una piedra y aparece un restp fenicio. Tiene un seleccionador nacional de fútbol en su interior, es más de Hierro que de Lopetegui, Florentino es un humilde empresario que busca hacer el bien. Practica padelsurf, sabe cómo mover la pala y mantener en equilibrio en la tabla. Sabe de turismo y enoturismo, del regusto afrutado del sauvignon blanc, reconoce que es en las asignaturas de cuarto en las que hay que estudiar más, te detalla la temperatura óptima de la cerveza y cómo se limpian las conchafinas. Sabe que donde se ponga un crucero en el que te levantes cada mañana en una ciudad del mundo, que se quite un hotel con todo incluido. Santorini, Mónaco, Roma en una semana, chico. Es consciente de las ventajas y desventajas de la globalización, Malasia esta a tiro de piedra, los aguacates que vienen del Perú, hay que globalizar lo bueno y no lo malo, es así de fácil, que tome nota Pedro Sánchez. Luego, le pide a su mujer que le haga un bocadillo y le acerque una cerveza y le corte una raja de sandía, anda cari, tú que estás de pie.
lunes, 13 de agosto de 2018
Como te digo una co
Esto va de
escenas de verano,
postales de Guadalmar
martes, 7 de agosto de 2018
Victor Kuppers es negro
La situación es la siguiente: cinco de la tarde, las medusas invaden la pequeña cala de guijarros a los pies del hotel. Llamo a un chico negro que vende gafas, abalorios y gorras.
- Una pregunta: ¿tienes calzoncillos de pata larga?.
- Yo miro, amigo. Kalvin Kloin. Hugo Bass - Se acuclilla a nuestro lado, suelta la mochila que, cual piedra de Sísifo, llevaba a la espalda y rebusca en una gran bolsa de plástico.
-¿Quieres agua o un refresco? Tenemos de sobra aquí en la nevera.
-No, gracias - sonríe-. No bebo durante trabajo. Si ahora bebo, yo empiezo sudar frente. Sudor llega ojos. Yo no manos libres para quitar sudor.
Tiene su lógica.
- Luego descanso en sombra y tomo bebida. Vengo de Torremolinos. Mucho camino para poco dinero.
- Vaya, la gente compra poco.
- Gente no compra. Gente ve a mí y no para. Poca gente para. Yo no importa eso. Yo contento - y muestra una gran sonrisa de dientes blancos y manchados de tofe. -Uno tiene estar contento con vida que tiene. No pasa nada si tú no tienes vida quieres tener. No pasa nada. Tú médico. Yo vendo gafas. No importa. Yo como igual que tú. Duermo igual que tú. Trabajo igual que tú. Y soy contento con trabajo que hago. Final de vida igual para todo el mundo. No importa qué tu hagas. Final de vida todos igual. Solo cosa segura: nacer, vivir, morir. Tú tener mucho dinero, tú poder ser presidente de América, pero morir igual. El rico tener dinero pero seguro que cambia todo por no estar enfermo en hospital. Dinero no importante si tú no tiene buena salud. Seguro que rico enfermo da todo el dinero por cambiarse por yo, que soy aquí contigo en la playa ahora, con sol y contento. Vida hay que estar con ganas. Si tú no contento con vida que tú tienes, en la mano tú puedes cambiar vida fácil. Si tú sentado todo el tiempo, nada cambia. Si tú mueves, al final vida cambia a mejor. Yo seguro a ti. Misma cosa con gente guapa. Cuando tú tienes veinte años, tú guapo, nada importa. Pero guapo no para siempre. Eso no importa nada. Porque el guapo se va. Si tú no guapo por dentro, qué importa tú eres por fuera. Cuando tú cincuenta años ya no guapo por fuera, pero seguro guapo por dentro si cuando joven tú era guapo por dentro. Esa es mi filosofía amigo, eso yo pienso. No calzoncillos tan grandes para ti. No Xl o XXL. Siento amigo. ¿Quiere gorra Imperio Armani?
- Una pregunta: ¿tienes calzoncillos de pata larga?.
- Yo miro, amigo. Kalvin Kloin. Hugo Bass - Se acuclilla a nuestro lado, suelta la mochila que, cual piedra de Sísifo, llevaba a la espalda y rebusca en una gran bolsa de plástico.
-¿Quieres agua o un refresco? Tenemos de sobra aquí en la nevera.
-No, gracias - sonríe-. No bebo durante trabajo. Si ahora bebo, yo empiezo sudar frente. Sudor llega ojos. Yo no manos libres para quitar sudor.
Tiene su lógica.
- Luego descanso en sombra y tomo bebida. Vengo de Torremolinos. Mucho camino para poco dinero.
- Vaya, la gente compra poco.
- Gente no compra. Gente ve a mí y no para. Poca gente para. Yo no importa eso. Yo contento - y muestra una gran sonrisa de dientes blancos y manchados de tofe. -Uno tiene estar contento con vida que tiene. No pasa nada si tú no tienes vida quieres tener. No pasa nada. Tú médico. Yo vendo gafas. No importa. Yo como igual que tú. Duermo igual que tú. Trabajo igual que tú. Y soy contento con trabajo que hago. Final de vida igual para todo el mundo. No importa qué tu hagas. Final de vida todos igual. Solo cosa segura: nacer, vivir, morir. Tú tener mucho dinero, tú poder ser presidente de América, pero morir igual. El rico tener dinero pero seguro que cambia todo por no estar enfermo en hospital. Dinero no importante si tú no tiene buena salud. Seguro que rico enfermo da todo el dinero por cambiarse por yo, que soy aquí contigo en la playa ahora, con sol y contento. Vida hay que estar con ganas. Si tú no contento con vida que tú tienes, en la mano tú puedes cambiar vida fácil. Si tú sentado todo el tiempo, nada cambia. Si tú mueves, al final vida cambia a mejor. Yo seguro a ti. Misma cosa con gente guapa. Cuando tú tienes veinte años, tú guapo, nada importa. Pero guapo no para siempre. Eso no importa nada. Porque el guapo se va. Si tú no guapo por dentro, qué importa tú eres por fuera. Cuando tú cincuenta años ya no guapo por fuera, pero seguro guapo por dentro si cuando joven tú era guapo por dentro. Esa es mi filosofía amigo, eso yo pienso. No calzoncillos tan grandes para ti. No Xl o XXL. Siento amigo. ¿Quiere gorra Imperio Armani?
martes, 6 de noviembre de 2012
La cantante del César Salad (6)
Parecía que había transcurrido una eternidad desde que acepté el caso de la cantante del César Salad a cambio de un poco de meneo y unos cuantos billetes manoseados, pero en realidad había sido ayer cuando la voluptuosa Patty se presentó en mi cuchitril llorando y moqueando. Luego, la muerte de Appie, el encuentro amoroso en el club, la conversación con Don Tomato, todo parecía tan lejano, como si mi aventura hubiera empezado un veintisiete de septiembre y estuviéramos a seis de noviembre.
Antes de dirigirme al apartamento de Aubergine Labelle, llamé a Calabacino desde el César.
-Calabacino, escucha, la hortaliza está dando problemas. ¿Tienes alguna novedad que contarme?
-¿Qué hortaliza jefe?¿ Cuál de ellas?
-La zanahoria, joder, que hay que explicártelo todo.
-Pues tal vez malas noticias, Cúcumber. Se ha dado a conocer el testamento de Appie... parece ser que Patty no es la única que sale beneficiada. Ha dejado parte de sus tierras de cultivo a Don Tomato, y un montón de pasta a una zorrita... Aubergine Lapute, creo
-Labelle, Calabacino. De hecho voy ahora a hacerle una visita. Creo que las piezas empiezan a encajar.
-¿Está usted haciendo un puzzle, jefe? no creo que sea el mejor momento.
Colgué al mismo tiempo que redactaba mentalmente la carta de despido de Calabacino, y me puse en marcha. Seguía lloviendo, pero esta vez robé un paraguas del guardarropa del Club, con tan mala fortuna que resultó ser el típico paraguas permeable, por lo que llegué al apartamento de Aubergine como una sopa.
-¡Por los clavos del Santo Pixto! -exclamé al infinito. Llovía a mares, lo cual era beneficioso para los ciudadanos de Huerta City que correteaban agitados a refugiarse bajo los soportales. Me subí las solapas de la gabardina, tiré el paraguas y grité "YA NO QUIERO MÁS PARAGUAS, COÑO YA". Y apretando el paso, pensando en los betacarotenos bien puestos de Patty, llegué al apartamento de la amante del magnate.
Aubergine me recibió semidesnuda y semidormida, como drogada por tranquilizantes.
-Oh, detective, nos volvemos a encontrar -dijo al abrir la puerta. Era cierto, ahora lo recordaba. Aubergine y yo mantuvimos un tórrido romance durante el verano del 56 cuando yo intentaba resolver un peliagudo asunto de corruptelas y abusos a tomatitos cherry en la parroquia del Sagrado Corazón de Alcachofa.
-Bergie, qué alegría volver a verte. Estás preciosa - le espeté, mientras echaba un vistazo alrededor para descubrir varias botellas vacías de licores.
-Ha muerto Appie... he tomado somniferos...-consiguió articular, a pesar de que las pastillas estaban haciendo su efecto. Luego me invitó a pasar y empezó a tararear unas coplillas sin sentido mientras meneaba su enorme culo morado.
-Bergie, ¿has bebido?
-Unas copas, Eddie...
-Eric.
-Eso.
-Yo quería mucho a Appie, Eric, pero él no quería divorciarse de esa víbora naranja... pero bésame, bésame, Eric, y hazme olvidar esta pena que me embarga, oh, Eric, oh, detective...
martes, 9 de octubre de 2012
La cantante del César Salad (5)
Don Tomato y yo éramos viejos conocidos desde hacía años cuando juntos desmascaramos la trama del Poco probable asunto de la tabla del siete. Tenía plena confianza en él. Gracias a su colaboración resolvimos Calabacino y yo La intriga del descansillo de la séptima planta y El asombroso caso de la cesta de la compra. Nuestra a relación era más que cordial y, aún así, no estaba de más ser precavido y tener siempre un ojo en sus cajones en previsión de que, en uno de sus míticos ataques de furia, rebuscara la llave de la cajonera en su lapicero, la abriera, sacara su revolver y me dejara más tieso que un pepinillo en vinagre en menos que canta un guisante. Don Tomato acariciaba un brote de soja que ronroneaba en su regazo.
-¿Y a qué debo el honor de su visita, detective?
-Appie el Apio ha sido hallado muerto en su mansión de la costa.
-¿El famoso...?
-Sí, JODER, EL FAMOSO MAGNATE. ME CAGO EN LA HOSTIA YA CON EL FAMOSO MAGNATE DE LOS COJONES -Me estaba empezando a cansar este asunto. Esto no va a acabar nunca, pensé. Respiré hondo y continué -Ha llegado a mis oídos que estaba en un tórrido sofrito con Patty Carrot, esa preciosidad.
-Sí, una preciosidad y la causa de todos mis dolores de cabeza. Esa fresca, borracha y mocosa no respeta horarios ni a nadie... pero cuando sale al escenario, detective... cuando sale al escenario, se derriten todos como la margarina - peroró Don Tomato, asomándose a través del falso espejo a su sala de cócteles -Estaban casados desde el pasado octubre, pero él tenía una amante, todos lo sabían.
-¿Una amante?
-Sí, una berenjenita rubia con un culo impresionante... Aubergine Labelle.
-¿Y no conocerás de casualidad su dirección?
lunes, 8 de octubre de 2012
La cantante del César Salad (4)
Fui a buscarla a su camerino, toqué con mis musculosos nudillos en su puerta y nadie contestó. La puerta no estaba cerrada con llave y, dada la intimidad que habíamos adquirido la pasada noche, me vi legitimado para franquear la entrada a su pequeño feudo, impregnado de su carismático perfume.
-¿Es usted, señor Cúcumber?- dijo una voz de mujer. Vi entonces su sombra recortada y proyectada en el biombo. Vi cómo la sombra se quitaba el mínimo vestido para colocarse un sugerente y transparente negligé sin absolutamente nada debajo.
-Estás preciosa, muñeca.
No me respondió. Parecía disgustada por algo. Me dio la espalda y se sentó frente al tocador, donde empezó a desmaquillarse.
Yo seguía de pie en mitad de la habitación. Me quité el sombrero y le lancé la noticia sin paños calientes.
-Appie ha sido encontrado muerto, Patty. Brutalmente asesinado.
Ella se volvió de un salto
-¿El famoso magnate?¿Mi marido?
Asentí con un gesto.
-Oh, señor Cúcumber
-Llámame Fred,
-¿No se llamaba usted Eric?
-Cierto, Eric, disculpa.
-¡No! ¡no puede ser, Eric!
Me abrazó llorando. La consolé un buen rato, seis minutos o así, según el reloj de pulsera que le había ganado a Calabacino cuando apostamos a ver quién era capaz de comer más perritos calientes en el MacChips. Después de los seis minutos se calmó, le quité el negligé e hicimos el amor vegetal.
Luego, ya más tranquilos después de la fotosíntesis, mientras yo fumaba un cigarrillo y ella se apretaba sobre mi apolíneo pecho, me preguntó:
-¿Quién puede haber cometido semejante atrocidad, Eric?
-No lo sé muñeca, estoy investigando incesantemente todas las pistas y aún no tengo nada claro.
-Oh, Eric -interjeccionó ella. Supuse que querría añadir algo más pero alguien pegó entonces a la puerta, me coloqué rápidamente el negligé de Patty, la única prenda que encontré a mano.
-¿Monsieur Concombre? ¿Está usted ahí? Vaya, no me diga qué elegante. -dijo el socarrón de Antoine al mismo tiempo que asomaba la cabeza al camerino- Monsieur Tomato le ggrecibe ahogra. Pegro yo pienso tu te pone algo menos provocadogg pagga la visita.
sábado, 6 de octubre de 2012
La cantante del César Salad (3)
El César Salad era el local de moda. Un tugurio donde se daban cita lo más selecto de las altas esferas y lo más bajo de los bajos fondos, todas las verduritas allí, impecablemente vestidas, dispuestas a divertirse, bailar, preparar el atraco del siglo o cerrar un buen negocio. La orquesta de los guisantes, Los P'tits Green Pois tocaban dulces melodías que fluían suavemente entre las pequeñas mesas mientras en cada una de ellas las hortalizas se enfrascaban en sus conversaciones ajenas a lo que sucedía alrededor.
Entré en el antro y saludé al portero tocando el ala de mi sombrero. El camarero, Antoine, era una vieja y estirada patata frita belga que me debía algún favor tras lo sucedido en El increíble incidente del empacho de brócoli y El asomobroso caso de los tubérculos suicidas del extrarradio.
-Buena noche.
-Me alegro de verte, Antoine. ¿Qué tal todo?
-Una mieggda completa. Estoy fgrito! - dijo Antoine, con su peculiar acento, al mismo tiempo que pasaba un trapo por mi mesita.
-¿Qué te ocurre, Antoine?
-Vaya, no me diga qué pena, la cantante, Monsieur Concombre, no me diga qué loca ésta. Anda, la guajja.
-¿Patty Carrot?
-Claggro que sí, Monsieur. ¡Vaya, no me diga ésta! No me diga la sanahogria y sus capgrichos, ésta llega tagde al ensayo, manipula al pegsonal, la capgrichosa... vaya una boggracha
-Entiendo -dije interrumpiendo el accidentado discurso de Antoine- quisiera hablar del asunto con Don Tomato... ¿Está en su despacho?
-Claggro que sí, hoy viene con dos sebollitas de pgrimega, no me diga, qué suegte. Yo pgegunto si Don Tomato puede ggrecibigle.
-Gracias Antoine.
En ese momento, se apagaron las luces, la orquesta empezó a tocar los compases de una balada romántica muy popular y el foco iluminó a la bella Patty. Todos dejaron de charlar, ligotear, cerrar negocios y planear golpes perfectos y quedaron prendados por Patty, que empezó a cantar con la voz de un ángel, susurrante, casi gimiendo, y moviendo las caderas de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, batiendo las pestañas, jugueteando con coquetería con el micro.
It's hard to be a vegetable
Some think you are edible
but no, I'm not avalaible
Patty cantaba y se roneaba entre las mesas, jugueteó con la corbata de un lechuguino sentado en una de las primeras mesas.
Cuando acabó la actuación, el César Salad rompió en un sonoro aplauso, ella se tomó de un trago la copa del lechuguino y la de su acompañante, se sonó los mocos e hizo mutis por el foro.
martes, 2 de octubre de 2012
La cantante del César Salad (2)
Llovía a cántaros y llegué calado hasta las semillas a la escena del crimen, una lujosa villa en la playa propiedad del famoso magnate en la zona más exclusiva de la ciudad. Mostré con disimulo mi placa caducada al agente, después de atravesar la multitud de tubérculos curiosos que se agolpaban tras el cordón policial. El agente me guió hasta las habitaciones en las que los restos vegetales de Appie se encontraban en un estado irreconocible, hecho un auténtico puré de verduras.
-Maldita sea, Calabacino -dije a mi insípido ayudante, que se me aproximaba comiendo un bocadillo- hay restos de apio por toda la habitación. Menuda escabechina.
-Sospechamos que ha sido un asesinato, jefe. Creemos que el arma homicida es una minipímer, por las salpicaduras, ¿ve? -Calabacino señaló la pared con su bocadillo, mientras seguía hablando con la boca llena-. Hemos mandado los restos de clorofila al laboratorio para que nos confirmen la identidad del apio.
-Esperaremos los resultados pues. Date una vuelta por el vecindario a ver si alguna cucurbita con insomnio ha visto algo.
Las alcachofas de la policía científica sacaban fotos y recogían pruebas con pinzas y bastoncillos de los oídos. El flash me deslumbró en seis ocasiones. Mi vista no estaba acostumbrada a esa intensidad lumínica. Me coloqué unos guantes de coger la fruta en las grandes superficies y también las gafas de cerca y di una vuelta rápida por el habitáculo en busca de algún indicio, mientras pergeñaba la manera de darle la noticia a Patty. Miré las fotos en las paredes: Appie con la alcalde Coliflower de la Tower, con el famoso futbolista Cristiano Ruibarbo, con la actriz Puerrito Cruz... las verduras más selectas de los huertos más refinados del país habían tratado con Appie. Pasé al buró, y cotilleé en los cajones. Nada reseñable, facturas, cartas comerciales, y un ejemplar de PlayLegume en el que ojeé el póster central de una despampanante lechuga que enseñaba todo debajo de sus hojas, una delicia para cualquier vegetariano. Se me acercó el bueno del sargento Pimiento y me guardé rápidamente la revista bajo la gabardina para darle uso más tarde.
-¿Qué opinas, Cúcumber?
-Este asunto no me gusta ni un pimiento, Píper - dije, torciendo el gesto -Pero no quiero sacar conclusiones precipitadas. Es hora de hacer una visita al César Salad y hacer unas preguntas a la umbelífera de Patty Carrot.
jueves, 27 de septiembre de 2012
La cantante del César Salad (1)
Se avecinaba otra noche solitaria de onanismo en mi despacho: a oscuras y con la única compañía de una botella de whisky barato. Hacía meses que no me caía un caso interesante. La ciudad, otrora bulliciosa y delincuente, estaba atravesando una época de calma en lo que a crímenes se refería. Incluso me estaba planteando seriamente conceder un par de días libres a Calabacino, mi fiel e insípido ayudante. En ese momento, el destino me vino a dar un buen guantazo en la cara: alguien tocó insistente y sensualmente a la puerta de mi despacho.
-Adelante -grité, incorporándome en mi butaca. Ante mí apareció la zanahoria más naranja y atractiva que hubiera visto nunca, ceñida en un pequeño traje rojo que no dejaba mucho a la imaginación y moqueando como una pava enferma.
-Oh, quisiera hablar con el detective Cúcumber -preguntó con su voz susurrante que hizo que se me erizara la piel de pepino. Me recompuse la camisa, me ajusté la corbata, me subí la cremallera del pantalón y me volví a colocar los tirantes, todo ello disimuladamente. Saqué la voz más masculina de mi amplio registro de voces y contesté:
-Lo tienes delante, muñeca. Siéntate y toma un trago.
Serví dos generosos vasos de whisky que ella se bebió de un golpe, tanto mi copa como la suya. Luego disimuló un pequeño eructo celestial y la invité a que me explicara a qué debía su visita, al mismo tiempo que le guiñaba un ojo y le mostraba la sonrisa Profidén recién estrenada.
-Oh, señor Cúcumber -empezó a lamentarse, mientras se sonaba los mocos.
-Llámame Eric -la interrumpí mientras le llenaba de nuevo el vaso.
-Eric, mi marido está en apuros, tiene que ayudarme. Ha sido secuestrado y me piden seis millones de machacantes en billetes pequeños sin marcar para liberarlo.
-Fiuu -silbé- dígame, ¿quién diablos es su marido?
-Appie el Apio - me contestó, al mismo tiempo que se sorbía los mocos y volvía a beberse su whisky y el mío.
-¿Appie el Apio? ¿El famoso magnate?
-Sí, Eric. Abrázame -dijo entre sollozos y empezó a llorar desconsoladamente para luego arrojarse a mi torso. Tal vez sería la tristeza, tal vez los seis whiskies que se había metido entre pecho y espalda, la cuestión es que aquella muñequita estaba a tiro y yo siempre soy cariñoso con una bella hortaliza en apuros y ésta en cuestión, Patty Carrot se llamaba, tenía varias ventajas en la coyuntura actual: estaba pasando un mal momento, con su marido secuestrado, digamos, que el Apio estaba a buen recaudo; además había bebido tanto que si la flambearan tardaría días en extinguirse, así que la abracé para calmarla y busqué sus labios con los míos hasta que nos fundimos en un prolongado beso de tornillo.
Aquella noche, además de consolar a la bella, mocosa y borracha Patty Carrot, me la llevé a la cama. Cuando me desperté, me encontré solo en la habitación del motel. Vaya ensalada de amor habíamos aliñado durante toda la noche, pensé. Toda la habitación olía al perfume de aquella zanahoria. Sobre la almohada encontré una nota de Patty:
Querido Eric,
sé que todo esto parece muy extraño; soy una mujer casada y me arrepiento de haber intimado contigo. Estaba confusa y necesitaba un hombro sobre el que llorar. Appie el Apio es un señor muy mayor y no me da todo lo que necesito. He de contarte los detalles de este asunto para que me ayudes a salvar el pellejo de mi marido. Te espero esta noche en el César Salad. Actúo a las 23 horas.
No me falles,
Patty
Había dejado la imprimación de sus labios en un beso de carmín junto a su firma. Guardé la nota. Maldita sea, me estaba empezando a enamorar hasta la corbata de ese montonazo de curvas naranjas. Decidí llamar a Calabacino y ponerlo al día del asunto.
-Calabacino, deja de remolonear en la cama agarrado al culo de tu calabacina. Tenemos un caso que parece algo importante, ayer vino a verme una preciosidad que...
-Tenemos dos casos entonces, Cúcumber. Me acaba de llamar el sargento Píper Pimiento para que acudamos a la escena de un crimen. Parece ser un asunto peliagudo... es un tipo importante, el muerto... Appie el Apio, el famoso magnate. Pimiento quiere que vayas a echar un vistazo.
Appie el Apio... pensé mientras colgaba el auricular y me ponía los calzoncillos. ¿dónde había escuchado yo ese nombre anteriormente?
martes, 18 de septiembre de 2012
Lunes y martes
"¿Te acuerdas de cuando empecé la dieta el pasado lunes?", dijo él el martes mientras masticaba el último trozo de lasaña.
jueves, 6 de septiembre de 2012
domingo, 12 de agosto de 2012
Onomástica
Levantemos el corazón hacia el Señor,
Alcemos nuestras jarras de cerveza y brindemos.
Este blog cumple la friolera de seis años: ya es un niño grande.
Pronto me pedirá veinte euros para ir al cine con los colegas y me meterá en un asilo.
Alcemos nuestras jarras de cerveza y brindemos.
Este blog cumple la friolera de seis años: ya es un niño grande.
Pronto me pedirá veinte euros para ir al cine con los colegas y me meterá en un asilo.
sábado, 6 de agosto de 2011
Cierre total
Buenas tardes,
Según imagen adjunta, me pongo en contacto con ustedes para informarles que hasta la fecha y, salvo error u omisión, esta bitácora permanece en estado de coma profundo.
Rogamos se mantengan a la espera, antentos a sus pantallas hasta nuevo aviso, que esperamos sea pronto, hasta que al señor que escribe y suscribe se le venga alguna idea con la que rellenar los huecos de este espacio de malos cuentos.
Aprovecho la oportunidad que se me brinda para saludarles atentamente y ponerme a los pies de sus señoras,
reciban, por la presente, un cordial saludo de éste, su amigo y confidente, gordo y pelón,
Martin J. Wittford.
viernes, 16 de julio de 2010
Y matarme contigo si te mueres
Como somos pobres como ratas, fuimos al auditorio de la feria a escuchar a Sabina, pero en el gallinero, en lo más alto de lo más alto de las gradas, al otro lado de la gente que paga, como los que se casan detrás de la iglesia.
-Tenemos palco reservado, le digo a mi Luisita.
-Cómo me gusta tener un novio millonario -es su réplica.
Allí había tres modernos haciendo botellón, seis argentinos, la librera de Luces, y un señor en pantalón corto haciendo deporte, subiendo y bajando las escaleras, y estirando los brazos al ritmo de Embustera. Desde allí, la acústica era envidiable y las vistas inmejorables: los luminosos de Sando y Mayoral estaban en su mayor esplendor, los trenes de cercanías llegando a la estación María Zambrano, el palacio de ferias y congresos que de mayor quisiera ser Guggenheim, la luna amarilla en cuarto menguante, la torre de control del aeropuerto, los argentinos arrítmicos, el guarda de seguridad con su porra y con su recelo, y yo y mi Luisi bailando muy lento y morirme contigo si te matas.
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